Repensar la gestión en la PUCP

No es exagerado decir que la PUCP atraviesa su peor crisis institucional.  El impasse con el Arzobispado de Lima de hace algunos años, que puso en discusión el nombre y en riesgo la autonomía de la Universidad, llevó, más bien, a fortalecer los lazos de comunidad y espíritu de cuerpo institucional que hoy se ven resquebrajados.  Los cobros indebidos, los bonos irregulares y la vergonzosa contención de su revelación las últimas semanas han puesto en entredicho lo que la PUCP ha hecho con la autonomía ganada, cuestionan la integridad de su gobierno y la imagen de servicio y excelencia que ha construido en las últimas décadas.  Peor aún, la crisis emerge en el marco de un año caracterizado por graves escándalos de corrupción nacional, que han introducido la clave para la interpretación y circulación mediática de los hechos.

Como egresado, me apena muchísimo lo que he venido leyendo y escuchando.  He estado afiliado a la Católica (y continúo estándolo a través de mi investigación y proyectos eventuales) por más de una década.  La he conocido como estudiante, como jefe de prácticas, como profesor contratado y como administrativo a tiempo completo; y en cada posición me he nutrido académicamente y como persona y padecido, a la vez, sus tantas veces ineficiente burocracia e inconsistencias.  Pues ha quedado claro estas semanas que la PUCP sufre de un grave problema de gestión.  Un problema de gestión que no se limita a los hechos ocurridos, ni al equipo rectoral que debió renunciar hace mucho, sino, quiero proponer aquí, es producto de un conflicto irracional entre dos concepciones de universidad: por un lado, la PUCP como comunidad, y las relaciones sociales, valores e ideales que promueve, y la PUCP como entidad organizacional, y la racionalidad que su buena gestión debe suponer.

Hace un par de años un profesor y amigo mío me dijo, afectado, que la PUCP se maneja como el Perú de comienzos del siglo XX.  No hablaba precisamente de la argolla o la mamadera, sino, entiendo ahora, de la sujeción de la administración al poder político de paso.  Su crítica no iba contra el autogobierno, sino contra la gestión de programas y unidades.  Cuando las reglas de juego no están claras ni son las mismas siempre y para todos, la institución se maneja a peso de nombre propio y llamada de teléfono.  En efecto, no se gerencia, sino se dictamina, se conversa, se arregla, se soluciona.

Si son de la PUCP, la palabra “gerenciar” en el párrafo anterior seguramente los ha incomodado.  Y con razón, porque la incompatibilidad aparente entre la concepción comunal y organizacional de la Católica encuentra uno de sus orígenes en la separación ideológica entre la PUCP y otras instituciones educativas que ella misma denomina “universidades empresa.”  La crisis institucional actual, sin embargo, pareciera mostrar que la Universidad no es tan distinta de esas otras corporaciones que considera deplorables, que a sabiendas de quebrantar la ley (¡qué entrevista para infeliz!) se aprovechan de las dificultades económicas de sus alumnos para pagar la planilla, cuando no para otorgar subvenciones mensuales irregulares “como un servicio público.”  Nada, pues, más alejado de la imagen institucional de “honestidad, justicia y transparencia” que el comunicado de la Asamblea Universitaria del viernes 14 de diciembre, explícitamente, promete renovar.  Sin desmerecer la gravedad de los hechos, a mi juicio, la gravedad de la crisis radica, en parte, en la imposibilidad de conciliar lo sucedido con la identidad institucional comunal y “sin gerencia” que la PUCP ha construido para sí, dentro y fuera de casa.

La separación ideológica de la Católica de las que ella misma denomina “universidades empresa” conduce a dos actitudes organizacionales perniciosas.  Primero, a un rechazo contra la gestión organizacional y desdén respecto de sus prácticas y procesos.  En el afán de definirse en oposición a la universidad que lucra con el estudiantado, en el día a día organizacional, la PUCP desprecia la gerencia y ridiculiza el planeamiento.  Y así, arroja al niño con el agua sucia de la bañera.  Esta actitud conduce a innumerables “malas” prácticas organizacionales como la subvención irracional de programas y unidades con nombre propio, a anteponer el poder político a la facticidad presupuestal, al rebote de personal ineficiente entre unidades, a la contratación de personal para ejercer cargos para los que no tiene competencia ni respaldo administrativo adecuado, etc., etc.  “Malas” prácticas organizacionales que tantas veces se perciben buenas bajo una concepción familiar de universidad y que se defienden irracionalmente, en reuniones de planeamiento, invocando a los demonios del neoliberalismo y el otro corporativo.

La separación ideológica de la Católica frente a su contraparte discursiva conduce, en segundo lugar, a una arrogancia desmedida que, camino al centenario, no le ha permitido reparar en sus serios problemas de gestión.  Arrogancia que se ha percibido en las acciones del ex rector en las dos últimas semanas, tanto frente a cámaras como contra el cordón de alumnos frente a Dintilhac.  Arrogancia que mete en el mismo saco a universidades “garaje” y a contrapartes institucionales competentes que se están llevando a profesores contratados excelentes.  Arrogancia que contrata a sus propios egresados para ponerlos en puestos de gestión que aprenden a gestionar en la marcha, en algunos casos con muy buena voluntad y ejemplar talento, pero que dejan pronta e inmediatamente ante ofertas más adecuadas a sus perfiles académicos, generando deficiencias en la reproducción y permanencia de saberes organizacionales.  No es a ellos a los que hay que criticar ni reprender (ni a los que han recibido bonos justamente, dicho sea de paso), sino, entiéndase, observar, cuestionar y replantear el problema de fondo: esta idea irracional de que la Universidad como comunidad es incompatible con la buena gestión y la institucionalidad del planeamiento, los procesos, y la división de competencias.  Es pues necesario pensar y cuidar de la PUCP no solo como comunidad, sino como la sociedad organizacional que también es.

La Cato genera en sus estudiantes y trabajadores un espíritu de cuerpo y membresía que las “universidades empresa” no generan.  Lazos emotivos con la institución que se gestan en Estudios Generales y persisten tras el egreso.  El amor por la PUCP no se supedita a la excelencia deportiva o académica, como sucede con algunas universidades extranjeras; sino a las relaciones sociales que la Universidad propicia en un ambiente de expresión libre, pluralidad, debate y de respeto.  A mi juicio, esta es la luz en las tinieblas y, confío, el motor de la PUCP para salir de la crisis en la que se encuentra.

Autor: lmolguin

Estudiante doctoral del Departamento de Sociología de UCLA.

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