Hace más de lo que sabemos (En respuesta a Mario Montalbetti)

“Una perspectiva social del lenguaje meritoria sustituye la crítica por el “diseño” y privilegia, con esto, la acción interesada de los productores de signos, conscientes de la historia y el potencial de sus recursos lingüísticos y de sus acciones al producirlos. Y así, la lingüística social pasa a ofrecer una perspectiva plausible sobre el lenguaje, una teoría lingüística plausible”. – G. Kress (1)

En una reciente entrevista para Casa América acerca de lo que sabemos sobre el lenguaje, el lingüista Mario Montalbetti muy atinadamente parte por distinguir tres formas de entenderlo para luego exponer qué y cuánto sabemos de él en cada caso. Así, si entendemos el lenguaje como objeto biológico, es decir, como una emergencia evolutiva en la especie, nos advierte que sabemos “casi nada”. Si más bien, definimos lenguaje como estructura, nos dice, sabemos “un poco más, aunque no mucho”. Y, finalmente, si entendemos el lenguaje como un instrumento que utilizamos para nuestros intercambios cotidianos, pues sabemos “un montón de cosas”, aunque inmediatamente advierte que “mucho de lo que sabemos es puramente anecdótico y casuístico”.

Quisiera comentar aquí sobre esta última afirmación de Montalbetti con la que estoy de acuerdo en parte: sí, sabemos mucho sobre el lenguaje en sociedad, pero este conocimiento supera lo anecdótico, lo casuístico y quizás también la lingüística.

La distinción tripartita de Montalbetti, si bien bastante extendida en la academia, es ilusoria. Aunque se presentan como distintas, las tres definiciones que se exponen presuponen, fundamentalmente, una misma concepción del lenguaje como sistema que compone estructuras. Así, en tanto emergencia evolutiva, pues habrá que indagar el asiento biológico de dicho sistema; y en tanto instrumento social, en palabras del lingüista, “su adecuación a contextos cotidianos”. Fundamentalmente, entonces, en las tres definiciones, el lenguaje es forma, es estructura, es un juego de Lego; y sabremos de él, menos o más, según con qué lo vinculemos.

Obsérvese además que, mientras el sistema puede ser “objeto biológico”, el lenguaje nunca es, para Montalbetti, “objeto social”, es decir, práctica, actividad, hecho, discurso; sino instrumento, herramienta, utensilio o, en sus palabras, “adecuaciones de nuestras estructuras lingüísticas a contextos cotidianos”. Y el lenguaje en sociedad definido así es anodino y problemático y consecuentemente produce descripciones anecdóticas y casuísticas.

Ahora bien, si entendemos el lenguaje como práctica social la cosa cambia y sabemos, en efecto, muchas cosas. Sabemos, por ejemplo, que la interacción social, que instituye la socialidad humana, se sostiene, en gran parte, gracias al lenguaje. Sabemos que el habla en interacción es una práctica cuidadosamente calibrada a partir de la alternancia de turnos y la organización secuencial de la acción, que funda nuestra intersubjetividad y nos permite así, por ejemplo, responder preguntas indirectas en el cine y advertir anuncios de amenazas potenciales. Sabemos que muchos de los recursos lingüísticos para la acción, si bien varían culturalmente en forma, parecen exhibir una organización bastante similar en la interacción, por ejemplo, en el diseño de preguntas y sus respuestas, en la procura de enmiendas ante problemas de escucha y comprensión, o en la preferencia en el ordenamiento y expectativa de ciertas acciones y actividades por sobre otras en la conversación cotidiana.

Sabemos también que, justamente por su carácter social, la práctica lingüística es el espacio por excelencia para la negociación de relaciones sociales a partir de deberes y derechos asociados a la performance de identidades. Sabemos, por ejemplo, que en la cotidianidad más casual, las disculpas exhiben un diseño proporcional a las ofensas que buscan remediar en relación con potenciales daños a la imagen. O que a través de la dilatación, la pasivización y la composición silogística de los enunciados, la provisión de “malas noticias” en la consulta clínica pueda tornarse una actividad solidaria e imprimir empatía en la racionalidad aparente y estereotípica de la práctica médica. O que, por último, no sea difícil que una entrevista a un candidato político de origen andino se torne un ejercicio tutelar propio del más perverso salón de clases a partir del control de los turnos, la corrección explícita y el habla simultánea.

Sabemos, finalmente, que el lenguaje no es un medio transparente para describir el mundo, sino que, en tanto hecho social, en él se manifiestan ideologías de diversa índole y a través de él se reproducen y naturalizan desigualdades, injusticias y se ejerce poder. Sabemos que las metáforas de guerra, la disociación en la deixis y la negación aparente son recurrentes en el discurso que sustenta la discriminación. Sabemos, además, que estas son construcciones retóricamente efectivas y que suelen ser aprovechadas, recurrentemente, en la discusión política. Sabemos, igualmente, que tanto como para reprimir y fraccionar, el lenguaje puede visibilizar el género, darle voz al oprimido y contribuir al cambio social. Sabemos pues, a fin de cuentas, que el lenguaje en sociedad, mucho más que adecuar conocimiento lingüístico al mundo, es el lugar por excelencia para fijar significados y construir conocimiento y subjetividades.

Si por lenguaje o quizás mejor por lingüística entendemos solo el conjunto de saberes sobre la estructura lingüística, su asiento biológico y su adecuación contextual, no hay pues espacio para reconocer el papel activo del lenguaje en la organización y reproducción de la sociedad. O, con Foucault, para ponerle límites a lo que puede ser enunciado. Ahora bien, si definimos, el lenguaje como un tipo de práctica social y observamos su dinámica más allá de una noción escueta del “uso”, podremos saber mucho más de lo que ya sabemos y en principio hacer más de lo que como sujetos sociales creemos que podemos hacer.


(1) Kress, G. (2001) From Saussure to Critical Sociolinguistics: The Turn Towards a Social View of Language. En Wetherell, M., Taylor, S., & Yates, S. J. (Eds.) Discourse Theory and Practice (29-38). Londres: Sage. (La traducción es mía).